Durante años, el mundo veía premios y empresas en expansión. Yo por dentro sentía un vacío que ningún logro podía llenar.
Creía que "trabajar duro" era el precio del éxito. Trabajé +12 horas diarias. Trabajé hasta el último día de mi embarazo. Vendí mi vehículo para pagar salarios. Creí que sacrificio era lo que se requería.
Hasta que la vida me enseñó otra verdad: el problema no era externo, era mi identidad. Mis creencias sobre quién era y qué merecía. Hacia caso a mis miedos que me decían "no es el momento", "en el futuro cuando llegue a la meta voy a disfrutar".
Pero hice lo impensable. Tomé un premio de $100,000 dólares y en lugar de invertir en el negocio, lo invertí en mi propia mente. Y ahi todo cambió.
Aprendí que el verdadero poder no estaba en hacer más, sino en ser más.